Tejada Gomez

 


Tejada Gomez, maestro argentino

“Armando Tejada Gómez, tão vinhedo e cordilheira, tão

mendocino da cabeça aos pés e tão argentino por suas

raízes, e por sua folhagem tão universal”. Alfredo Varela

 

 

 

"Este hombre enooorme que parió nuestra tierra nunca fingió lo que no era y sin dejar de escuchar los padecimientos de su pueblo, logró interpretarlo desde las bellas poesías que escribió, muchas de ellas ellas musicalizadas por artistas de fuste de la argentina y de todo el planeta. Su voz de caverna portentosa estaba subrayada por esa personalidad única que lo hacía distinguirse en cualquier contexto. Por eso lo persiguieron y una y mil veces trataron de acallarlo. Pero los sueños aún le debían nuevos amaneceres." Spunar
l Telar de la Vida

 

La vida es frágil

y está siempre expuesta a las lastimaduras,

 

que se quiebra la rama que cae el rayo

y mata o incendia grandes bosques

y mueren fauna y flora ateridas,

esa inerme existencia de las pequeñas vidas.

Luego vuelve el silencio

e imepra la ceniza.

 

 

Decenios y decenios, tal vez siglos

y, ya fósil abajo, son tumbas geológicas

de materia dormida.

 

Cuando vuelva la lluvia, arriba,

en la epidermis terrestre del planeta,

el sol, la luna, el parto

de una semilla a salvo,

frágilmente increíble, regresará lo verde

por la savia del árbol como un río

hacia arriba.

Con el viento padrillo, preñador

a destajo,

parpadeará el cogollo, la flor de las praderas

y volverán los pájaros a la rama y al nido.

Hay que tener paciencia porque la muerte

es frágil.

Tanto como la vida.

Después, en la opulenta lujuria del verano,

las aguas violarán los ríos apacibles,

las quebradas, las rocas, el sexo del paisaje

y otra vez, otro siglo dormirá su rotura

como si fuera el último yacimiento de olvido.

 

Esto dijo el Amauta y se bebió el silicio.

...

 

El Telar del Aire

El es un habitante transparente.

Nadie lo ha visto nunca y nunca lo verá.

Es la vida invisible o sea que es la vida:

intangible, increíble, inabarcable y toda,

espejo del espejo, anverso del reverso.

Sólo sucede, sólo está de sólo estar

y cuando te suceda tú también estarás

haciendo lo imposible porque sea posible,

una vez en mil años, verla, reconocerte,

reconocerla y verla como otro nacimiento,

el diezmo de los días, la sola soledad.

 

Es transparente. Pasa por todos tus sentidos

incesante, jadeante, pasa y vuelve a pasar

por esa imperceptible vibración del sonido,

esa leve silueta musical de los pinos

que cae allá en la tarde lenta como el telar.

Ese es el aire. Es ese que lleva y trae cosas

serenas, impalpables. el que escribe en las hojas

estrías, escrituras, donde leen los dioses

los códices del tiempo, los rituales sagrados

que catan en tu oficio todo lo que vendrá.

 

Eso que pasa y pasa invisible a los ojos,

lo inadvertido y mágico, lo travieso, lo ignoto,

ese duende incansable de la noche y el día:

el aire, el transparente, la materia sonora

que hace cantar al cántaro y llorar la vasija

apenitas, apenas, mientras vuelve y se va.

 

Sube el Amauta, asciende a la más alta peña.

A llenarse de luz, sube el Amauta.





 

Telar del Otro

He vivido leyendo lejanías,

el asombro remoto de las cosas,

sitios de nadie, otras geografías,

pueblos indescifrables y tránsitos penosos

para saber, al fin, a mis regresos

que la piedra es un cosmos

y que los cielos son arboladuras

y las distancias, hombres,

mujeres, niños, animales

definitivamente portentosos.

 

Ahora se, desmesuradamente,

que el misterio es el otro,

el diferente ser que trae adentro

el silencio que cae

como el guijarro al pozo

y muere circular, muy lentamente,

muy adentro de adentro

donde estamos nosotros:

al fondo del misterio y el silencio

donde también, desmesuradamente,

somos al fin el otro.

 

Dicen en mi memoria los Amautas

que ese fue el drama y esa la codicia,

que la muerte se hartó de Salamancas

quinientas veces mil, siglos de días

donde perdió el misterio el asesino,

la cruz, la espada, cuando ya supimos

que el otro no era el otro: era un suicida.

 

La arena no es la piedra. Nunca entierra.

la arena sólo olvida.



Telar de la Cebolla

Para asumirse Indio

hay que sacarse a diario

sumisas adherencias:

el polvo de la vida, lo impalpable

que, fino e infinito,

nos ha desfigurado la conciencia

hasta que nos parezca que parezca

el carozo inferior que la apariencia.

Telitas de cebolla, tela a tela

uno va hasta el meollo, se destela

y cuando llega al núcleo,

digo al útero,

al indio elemental y originario

sabe que ahí comienza lo que empieza.

 

Es que el Antiguo sabe por antiguo

que si al jardín le crece la maleza,

eso no es un jardín y acaso nunca

vuelva la flor a su naturaleza.

Esto, siglos tras siglos,

le ha sucedido a América.

 

Hay que matar al yuyo, despojarse,

desyuyarse el olvido tela a tela,

ir a buscarse donde nos perdimos

y limpiar nuestro origen de maleza.

Hay que volver, hay que ir, hay que asumirse

en la humedad terrestre del planeta

y subir al telar a cielo limpio

hilo por hilo y más, tela por tela

hasta dar con el rostro que tuvimos

a pleno sol en tierra, a plena luna

y otras desaforadas primaveras.





 

Telar de la Luz

La luz se ve. Uno no la imagina.

Irrebatible y única impera en las fogatas

y la antorcha la lleva como la cabellera

de la sombra compacta,

desatando las trenzas de la noche

en el estrellerío donde la luz no cesa,

porque aún acosada por todas las cavernas

jamás rinde sus párpados

y mira las tinieblas desde sus mil relámpagos.

 

Según que ya supimos, el rayo

fue un doméstico tributario del fuego

consumiendo en sí mismo

su furia y su holocausto,

cercado por nosotros y el júbilo

de imaginar al fin lo imaginario.

Desde entonces la llama nos seduce

y es desde entonces que la luz nos lame

interminablemente interminable

con ese resplandor cautivo del milagro.

 

Hilanderos del fuego, ya supimos

cruzar la noche y cercar las tinieblas

hasta que vuelva, como un dios, el alba.

Salíamos, intactos de lo oscuro,

a bebernos la luz hasta ser claros.

Somos esa cultura. El sol sabe.

 

El huso de la luz hila muy vino

al oeste del mundo,

muy al pie de la piedra y la montaña,

se ve la transparencia de la hoja

y la constelación de las arañas,

se ven los huesos donde dura el hombre

de la mano y la azada,

se ve nacer los valles del desierto,

se ve parir al agua

esa flor a la orilla de los ríos

que bajan, como un pez, de a las distancias.

 

Es una trama de vapor y espuma,

que ríe por acequias y canales.

De lejos, es azul. De cerca, greda.

Luego vasija y más luego cántaro.

El color es tan claro entre nosotros

que es por ese color que perduramos.

 

Aquí, el cielo y la tierra, con ser hembras

han sembrado la luz de arriba abajo

y como nuestro Dios era hembra y hombres

era un Dios del amor enamorado.

Ella, como era tierra, abrió la vida

cuando el sol los miraba,

y él, macho de luz, tata de cobre,

volvió desde lo verde a penetrarla.

 

Somos el pueblo de la luz: América,

así es como nos llaman,

pero nosotros, oreja contra el suelo,

sabemos cómo nos llamamos.

 

Sea la luz con todos. No tenemos

prisioneros ni al sol ni a las fogatas.





 

Telar de Dos

Dios sos vos

y es que aquí en Andinia

Dios es hombre y mujer:

lo que tengo de mí

yo lo tengo de vos.

Reverso y viceversa,

vos y yo.

 

El Dios de mi inocencia

se llama Quetzalcóatl

y es mi dios.

Es difícil nombrarlo

pero quiere decir

que somos vos y yo.

 

Vos sos mitad de mí,

yo soy mitad de vos.

Cuandosomos parejas

somos un mismo dios.

 

Nola mitad de uno.

No.

La soledad, amor,no tiene Dios.

 

https://www.cancioneros.com/aa/19/0/canciones-de-armando-tejada-gomez

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