Gioconda Belli "La solidariedad es la ternura de los pueblos"
Poeta nicaraguense
Despatriada
No tengo dónde vivir.
Escogí las palabras.
Allá quedan mis libros,
mi casa. El jardín, sus colibríes,
las palmeras enormes,
las apodadas Bismarck
por su aspecto imponente.
No tengo dónde vivir.
Escogí las palabras.
Hablar por los que callan,
entender esas rabias
que no tienen remedio.
Se cerraron las puertas,
dejé los muebles blancos,
la terraza donde bailan volcanes a lo lejos,
el lago con su piel fosforescente,
la noche afuera y sus colorines trastocados.
Me fui con las palabras bajo el brazo,
ellas son mi delito, mi pecado,
ni Dios me haría tragármelas de nuevo.
Allá quedan mis perros Macondo y Caramelo,
sus perfiles tan dulces,
su amor desde las patas hasta el pelo.
Mi cama con el mosquitero,
ese lugar donde cerrar los ojos
e imaginar que el mundo cambia
y obedece a mis deseos.
No fue así. No fue así.
Mi futuro en la boca es lo que quiero.
Decir, decir el corazón, vomitar el asco y la ranura.
Queda mi ropa yerta en el ropero,
mis zapatos, mis paisajes del día y de la noche,
el sofá donde escribo,
las ventanas.
Me fui con mis palabras a la calle,
las abrazo, las escojo.
Soy libre,
aunque no tenga nada. Amor de frutas
Déjame que esparza
manzanas en tu sexo
néctares de mango
carne de fresas;
Tu cuerpo son todas las frutas.
Te abrazo y corren las mandarinas;
te beso y todas las uvas sueltan
el vino oculto de su corazón
sobre mi boca.
Mi lengua siente en tus brazos
el zumo dulce de las naranjas
y en tus piernas el promegranate
esconde sus semillas incitantes.
Déjame que coseche los frutos de agua
que sudan en tus poros:
Mi hombre de limones y duraznos,
dame a beber fuentes de melocotones y bananos
racimos de cerezas.
Tu cuerpo es el paraíso perdido
del que nunca jamás ningún Dios
podrá expulsarme.
Claro que no somos una pompa fúnebre
Claro que no somos una pompa fúnebre,
a pesar de todas las lágrimas tragadas
estamos con la alegría de construir lo nuevo
y gozamos del día, de la noche
y hasta del cansancio
y recogemos risa en el viento alto.
Usamos el derecho a la alegría,
a encontrar el amor
en la tierra lejana
y sentirnos dichosos
por haber hallado compañero
y compartir el pan, el dolor y la cama.
Aunque nacimos para ser felices
nos vemos rodeado de tristeza y vainas,
de muertes y escondites forzados.
Huyendo como prófugos
vemos como nos nacen arrugas en la frente
y nos volvemos serios,
pero siempre por siempre
nos persigue la risa
amarrada también a los talones
y sabemos tirarnos una buena carcajada
y ser felices en la noche más honda y más cerrada
porque estamos construidos de una gran esperanza,
de un gran optimismo que nos lleva alcanzados
y andamos la victoria colgándonos del cuello,
sonando su cencerro cada vez más sonoro
y sabemos que nada puede pasar que nos detenga
porque somos semillas
y habitación de una sonrisa íntima
que explotará
ya pronto
en las caras
de todos.
Como gata boca arriba
Te quiero como gata boca arriba,
panza arriba te quiero,
maullando a través de tu mirada,
de este amor-jaula
violento,
lleno de zarpazos
como una noche de luna
y dos gatos enamorados
discutiendo su amor en los tejados,
amándose a gritos y llantos,
a maldiciones, lagrimas y sonrisas
(de esas que hacen temblar el cuerpo de alegría)
Te quiero como gata panza arriba
y me defiendo de huir,
de dejar esta pelea
de callejones y noches sin hablarnos,
este amor que me marea,
que me llena de polen,
de fertilidad
y me anda en el día por la espalda
haciéndome cosquillas.
No me voy, no quiero irme, dejarte,
te busco agazapada
ronroneando,
te busco saliendo detrás del sofá,
brincando sobre tu cama,
pasándote la cola por los ojos,
te busco desperezándome en la alfombra,
poniéndome los anteojos para leer
libros de educación del hogar
y no andar chiflada y saber manejar la casa,
poner la comida,
asear los cuartos,
amarte sin polvo y sin desorden,
amarte organizadamente,
poniéndole orden a este alboroto
de revolución y trabajo y amor
a tiempo y destiempo,
de noche, de madrugada,
en el baño,
riéndonos como gatos mansos,
lamiéndonos la cara como gatos viejos y cansados
a los pies del sofá de leer el periódico.
Te quiero como gata agradecida,
gorda de estar mimada,
te quiero como gata flaca
perseguida y llorona,
te quiero como gata, mi amor,
como gata, Gioconda,
como mujer,
te quiero.
Amor en dos tiempos
I
Mi pedazo de dulce de alfajor de almendra
mi pájaro carpintero serpiente emplumada
colibrí picoteando mi flor bebiendo mi miel
sorbiendo mi azúcar tocándome la tierra
el anturio la cueva la mansión de los atardeceres
el trueno de los mares barco de vela
legión de pájaros gaviota rasante níspero dulce
palmera naciéndome playas en las piernas
alto cocotero tembloroso obelisco de mi perdición
tótem de mis tabúes laurel sauce llorón
espuma contra mi piel lluvia manantial
cascada en mi cauce celo de mis andares
luz de tus ojos brisa sobre mis pechos
venado juguetón de mi selva de madreselva y musgo
centinela de mi risa guardián de los latidos
castañuela cencerro gozo de mi cielo rosado
de carne de mujer mi hombre vos único talismán
embrujo de mis pétalos desérticos vení otra vez
llename pegame contra tu puerto de olas roncas
llename de tu blanca ternura silenciame los gritos
dejame desparramada mujer.
II
Campanas sonidos ulular de sirenas
suelto las riendas galopo carcajadas
pongo fuera de juego las murallas
los diques caen hechos pedazos salto verde
la esperanza el cielo azul sonoros horizontes
que abren vientos para dejarme pasar:
«Abran paso a la mujer que no temió las mareas del amor
ni los huracanes del desprecio»
Venció el vino añejo el tinto el blanco
salieron brotaron las uvas con su piel suave
redondez de tus dedos llovés sobre mí
lavás tristeza reconstruís faros bibliotecas
de viejos libros con hermosas imágenes
me devolvés el gato risón Alicia el conejo
el sombrero loco los enanos de Blancanieves
el lodo entre los dedos el hálito de infancia
estás en la centella en la ventana desde donde
nace el árbol trompo tacitas te quiero te toco
te descubro caballo gato luciérnaga pipilacha
hombre desnudo diáfano tambor trompeta
hago música
bailo taconeo me desnudo te envuelvo
me envuelves
besos besos besos besos besos besos besos besos
silencio sueño.
Abandonados
Tocamos la noche con las manos
escurriéndonos la oscuridad entre los dedos,
sobándola como la piel de una oveja negra.
Nos hemos abandonado al desamor,
al desgano de vivir colectando horas en el vacío,
en los días que se dejan pasar y se vuelven a repetir,
intrascendentes,
sin huellas, ni sol, ni explosiones radiantes de claridad.
Nos hemos abandonado dolorosamente a la soledad,
sintiendo la necesidad del amor por debajo de las uñas,
el hueco de un sacabocados en el pecho,
el recuerdo y el ruido como dentro de un caracol
que ha vivido ya demasiado en una pecera de ciudad
y apenas si lleva el eco del mar en su laberinto de concha.
¿Cómo volver a recapturar el tiempo?
¿Interponerle el cuerpo fuerte del deseo y la angustia,
hacerlo retroceder acobardado
por nuestra inquebrantable decisión?
Pero… quién sabe si podremos recapturar el momento
que perdimos.
Nadie puede predecir el pasado
cuando ya quizás no somos los mismos,
cuando ya quizás hemos olvidado
el nombre de la calle
donde
alguna vez
pudimos
encontrarnos.
Entrevistas
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El país de las mujeres (fragmento)
Gioconda Belli
Viviana dijo que le gustaría lavar el país. Lavarlo y plancharlo. Se rieron todas. Estaban sentadas, descalzas, meciéndose en las sillas de balancines, fumando y tomando ron o vino, al lado del pequeño jardín de helechos crespos del estudio de Ifigenia, con la discreta fuente al fondo y dos hermosas higueras que daban sombra. Le envidiaban los dedos verdes a la Ifi, aunque ella siempre protestaba y decía que el jardín no se debía al color de sus dedos, sino al tiempo que le dedicaba. Ifigenia administraba muy bien su vida, sus hijos y su marido. A las demás les encantaba llegar a su casa. Era grande, pero acogedora, un reflejo del orden y calidez de su personalidad. Dentro de ella, Ifigenia consideraba el estudio y el jardín su “cuarto propio”. Mientras estaba allí, ni hijos ni marido la interrumpían.
—Nunca imaginé decir esto, pero estoy empezando a pensar que una golondrina sí puede hacer verano. ¿Qué tal si aprovechamos que ahora soy tan conocida y estas cinco golondrinas que estamos aquí hacemos algo de verdad por este país? ¿Lo lavamos en serio? La indiferencia me está matando y para todo lo que se me ocurre se necesita tener poder… ¿Qué tal si creamos un partido que quiebre todos los esquemas? —preguntó Viviana.
—Vos ganarías en unas elecciones —rio Eva—, ni lo dudés. Estás en el primer lugar del hit parade. Vimos la encuesta. La gente te ama, pero… ¿hacer un partido?… esas son palabras mayores… ¿Por qué no le ofrecés tu candidatura a alguno de esos de la oposición?
—¿Cómo? —saltó Martina— ¿Vas a mandar a nuestra estrella a que la atropelle esa manada de canallas de la oposición? Sobre mi cadáver.
—A ver, ¿cuál es tu idea? —intervino Ifigenia—. Se me ocurre que le has estado dando vueltas. Vos no sos de las que hablan al peso de la lengua.
Eva y Martina que empezaban a discutir entre ellas, callaron.
—¿Cuál es mi idea? Vamos a ver. Ya hay mujeres presidentas. Eso no es novedad. Lo que no hay es un poder femenino. ¿Cuál sería la diferencia? Yo imagino un partido que proponga darle al país lo que una madre al hijo, cuidarlo como una mujer cuida su casa; un partido “maternal” que blanda las cualidades femeninas con que nos descalifican, como talentos necesarios para hacerse cargo de un país maltratado como este. En vez de tratar de demostrar que somos tan “hombres” como cualquier macho y por eso aptas para gobernar, hacer énfasis en lo femenino, eso que normalmente ocultan, como si fuera una falla, las mujeres que aspiran al poder: la sensibilidad, la emotividad. Si hay algo que necesita este país es quién lo arrulle, quién lo mime, quién lo trate bien: una mamacita. Es el colmo, ¿verdad? ¡Hasta la palabra “mamacita” está desprestigiada! Una palabra tan bonita. ¿Qué tal entonces si pensamos en un partido que convenza a las mujeres, que son la mayoría de votantes, de que actuando y pensando como mujeres es que vamos a salvar este país? ¿Qué tal si con nuestras artes seductoras de mujeres y madres, sin falsificarnos ni renunciar a lo que somos, les ofrecemos a los hombres ese cuido que les digo?
—Las feministas nos acabarían diciendo que vamos a eternizar todo lo que se piensa de las mujeres —dijo Eva.
—Depende qué feministas. El feminismo es muy variado. El problema para mí no es lo que se piensa de las mujeres, sino lo que nosotras hemos aceptado pensar de nosotras mismas. Nos hemos dejado culpabilizar por ser mujeres, hemos dejado que nos convenza de que nuestras mejores cualidades son una debilidad. Lo que tenemos que hacer es demostrar cómo esa manera de ser y actuar femenina puede cambiar no solo este país, sino el mundo entero —dijo Viviana.
—¿Qué vamos a defender? ¿La lavada, la planchada, el cuido de los niños?
—Te repito: lavar, planchar, cuidar los niños no es el problema; el problema es que se menosprecie la mentalidad que hay detrás de eso; que se restrinja esa actitud femenina al terreno de lo privado, que no entiendan que eso hay que hacerlo con todo y entre todos; que cuidar la vida, la casa, las emociones, este pinche planeta que estamos arruinando, es lo que todos tendríamos que hacer: se trata de socializar la práctica del cuido en el que somos especialistas y presentarnos como las expertas, las más calificadas para hacerlo.
—Yo me apunto. A mí me parece una idea brillante —intervino Martina—. Y lo llamamos PIE: Partido de la Izquierda Erótica. Así se llamó un partido que jamás existió como tal, pero que fundaron mujeres que nos han inspirado a nosotras. Varias de las viejitas que lo formaron todavía están vivas. Una de ellas, amiga de mi mamá, me contó la historia. Le pusieron así por un libro de la poeta Ana María Rodas que se llama Poemas de la Izquierda Erótica. Un libro fantástico. El primer poema termina con esta frase: “Hago el amor y después, lo cuento”. El escándalo es importantísimo. ¿Se imaginan el escándalo de que saliéramos con un Partido de la Izquierda Erótica?
—No votaría nadie por nosotras —dijo Rebeca, que recién llegaba, dejándose caer en un sillón y volando los zapatos.
—Por llegar tarde, no tenés derecho a opinar —dijo Martina, sonriendo maliciosa—. Nuestra Viviana aquí quiere hacer un partido.
Viviana puso al corriente a Rebeca y continuó.
—Desde Ronald Reagan hasta Oprah Winfrey, sabemos que estar en los medios, ser una “celebridad”, puede llevarlo a uno a la presidencia. En mi caso, la gente me percibe no solo como una periodista, sino como alguien que está interesada por el país. De no ser así, no saldría en las encuestas. Creo que la idea de ustedes, mis asesoras ad honórem, de que hiciera reportajes sobre la vida diaria de la gente, además de los de denuncia política, fue muy acertada. Desde el reportaje de Patricia, hemos aprendido mucho escuchando a hombres y mujeres, ¿no es cierto? Nos hemos vuelto sociólogas, antropólogas, economistas, intentando entender por qué pasan esas cosas. No sabemos menos que los políticos que se presentan a elecciones en este país. Hemos leído que da miedo…
—Y hemos elevado cometas utópicas que da miedo también… —dijo Eva.

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